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el observador

casas socialistas en buenos aires


Privatizados en Israel, los kibutz se mudan para seducir a la Argentina
Los laboristas israelíes pusieron en marcha un programa para instalar en varios países del mundo su modelo de “comunas socialistas”, casas donde jóvenes viven en común, en la estela de los ya míticos kibutz, las granjas colectivas que florecieron desde los años 40, pero que hoy, privatizados, se han convertido en grandes empresas. En una de esas casas, jóvenes judíos argentinos viven su experiencia, compartiendo salarios y haciendo trabajos comunitarios en el barrio.
Por H.D.


Mi casa es tu casa. Gabriel Neuman, Florencia Herscovich y Ariel Rapp, los tres habitantes de la casa comunal, que recupera el espíritu de los kibutz
Israel exporta un nuevo modelo de vida socialista al mundo: las comunas urbanas, de las que ya existe una en Buenos Aires, a través del movimiento Habonim Dror (Los constructores-Libertad), un ala de su Partido Laborista (Avodá).

“Es un formato muy bueno. La idea es darlo como propuesta a los jóvenes como marco para crecer después de que terminaron su paso por el Movimiento”, afirma Adrián Rosemberg, representante de Habonim Dror en el país.

Israel creó y expandió el kibutz, estas granjas colectivas que sirvieron a los judíos para poblar Palestina en tiempos de la ocupación británica y en los primeros años de vida como Estado. Allí, se compartían tareas, viviendas, comida, todo en un ámbito rural, muy alejado de lo que ocurría en las grandes ciudades.

Hoy, estos centros se han transformado en grandes empresas que producen desde alimentos a equipos electrónicos y dejaron de lado el ideal socialista con el que habían sido creados. La vida también cambió, de campesina a urbana, por lo que muchas personas comenzaron a preguntarse cómo mudar ese modelo a las grandes metrópolis. La respuesta fueron las comunas.

“Son el cambio de lo que fue el kibutz, luego de que la privatización los convirtiera en empresas. Los jóvenes buscan otras opciones en la ciudad, donde pueden ayudar en la educación y vivir de la misma forma”, dice Rosemberg.

El modelo de vida en comuna está muy desarrollado en Israel, aunque como en el caso del kibutz, apenas una pequeña parte de la población lo ha adoptado. En la actualidad, se encuentran agrupadas según la ideología política, las creencias religiosas u otros temas que tienen en común.

La característica principal de la versión que propone Habonim Dror de este movimiento sionismo-socialista es que los participantes no sólo viven bajo un mismo techo, sino que, además, comparten sus salarios y tienen como objetivo realizar tareas de ayuda comunitaria en forma voluntaria.


El modelo local. La etapa final de la participación de los jóvenes en los movimientos sionistas en el mundo es un viaje a Israel. En el caso de los miembros de Habonim Dror, pasan un año viviendo diferentes tipos de experiencias, entre ellas, dos meses en una comuna, donde también hacen trabajos comunitarios.

En diferentes camadas, Florencia Herscovich, Dana Teper, Lior Feler, Ariel Rapp, Diego López Curyk y Gabriel Neuman (de entre 21 y 23 años), conocieron la modalidad personalmente, aunque la mayoría lo sintió como una especie de juego, ya que no tenían la verdadera responsabilidad que conlleva adoptar este modelo.

Sin embargo, a su regreso al país decidieron crear una comuna en el barrio porteño de Villa Mitre y buscar una forma de vida “un poco mejor y más equitativa para la sociedad”.

En su camino, se cruzó Moshelion que había llegado a Buenos Aires hacía pocos meses, como representante de Habonim Dror y que tenía como uno de sus proyectos impulsar este modelo, del que ella era parte en Israel, en el país. En seguida, los apoyó.

“La idea surgió de acuerdo con el momento en que estaban los chicos. Vine en el momento justo y ellos también querían hacerlo. Tenían muchos miedos: cómo iban a mantener la casa, cómo iban a vivir solos, cosas cotidianas, económicas y para qué vivir en conjunto, para qué hacer eso”, afirma. López Cruyk concuerda en que fue ella la que llegó con la idea y todos aceptaron. “Nos tiró la propuesta y, al principio, nos parecía irreal”, señala.

La ayuda no sólo consistió en los consejos y la contención de Moshelion, sino que el propio Movimiento les pagó el alquiler de la casa durante un año para que no tuvieran que preocuparse por la cuestión monetaria apenas se lanzaban a esta nueva aventura.

Así, pudieron dedicarse más a comprender el cambio que estaban viviendo, adaptarse a la nueva modalidad, desarrollarse tanto humana como ideológicamente y crear nuevos proyectos en los que trabajar.

“La comuna me sirvió para responderme un montón de preguntas que tenía, y sigo teniendo y que se me iba a hacer mucho más fácil entenderlas si me iba a vivir con más personas. La idea es seguir manteniendo valores que hoy en día se ven en la sociedad y cultivando los que se están perdiendo: el saludo, el gracias, el compartir, el despojarse del dinero, no darle tanta importancia a ese papel. Ese es un poco el desafío”, afirma Herscovich quien llegó desde Rosario, provincia de Santa Fe, para sumarse al proyecto.

López Curyk destaca que el cambio, además, le sirvió para desarrollarse en forma personal. “No quiero vivir toda mi vida como está predeterminado que sea, quiero elegir espacios distintos. Esto no va a tirar abajo el mercado, pero es un espacio donde manejarse con otras normas”, explica.

En la comuna parten desde hace casi dos años una casa alquilada, todas las decisiones que hacen a la vida en conjunto, un día de reflexión en grupo, una cena los martes a la noche para discutir proyectos, y el dinero que generan, a pesar de que difieren los ingresos que tiene cada uno.

“Fue una sensación de tranquilidad, algo muy desestresante dejar de pensar en mí dinero, en cómo utilizarlo. Es como un descanso saber que entre todos íbamos a tomar decisiones sobre esa plata”, señala Herscovich y Neuman concuerda. “Hay cosas que queremos: que el dinero deje de ser un factor dominante en la sociedad y que las personas sean un poco más profundas y sinceras. Eso es lo que deseamos generar”, destaca.

Si bien sus ideas pueden sonar utópicas, son conscientes de que para generar un cambio deben trabajar desde adentro del sistema. Por eso, buscan vincularse con otras personas a través de proyectos sociales y del voluntariado para poder diseminar sus ideas.

“La comuna es una inserción dentro de la sociedad. Es una cuestión de luchar de adentro sin aislarnos. Estamos en contra de algunos valores y tratamos de cambiarlos, intentando encontrar la manera coherente de vivir ahí sin despegarse”, afirma Rapp.

El grupo coincide en que les gustaría que esta modalidad se propagara, aunque prefieren evitar ponerse en predicadores de una nueva forma de vida. “A mí me gustaría que la gente conociera la idea, pero no desde un lugar de misionero”, señala López Curyk.

“Esta forma de vida genera por sí misma un montón de consecuencias. Quizás pueda hacerlo una pareja en su casa con sus hijos y que entre esa familia y ésta haya algún tipo de contacto –concluye Herscovich– . Me parece que es una forma de casamiento entre nosotros, donde hay un contrato, responsabilidades compartidas. Estaría bueno que todos pudieran probar vivir así.”

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